Abel Ramiro Garcia (Zaragoza, 1936) abre los ojos y oídos a la lectura desde muy temprano, cuando gracias a la enternecedora recitación de su padre descubre la emoción de lo fabulado, mientras la familia consume las eternas y tristes anochecidas de una posguerra, que les ha marcado profundamente. Cuando, demasiado precozmente, es capaz de hilvanar los párrafos con soltura, se convertirá en el lector obligado para sus hermanos menores.
Es la época vital en que conoce a Galdós (Marianela le impactó permanentemente), Cervantes, Hugo Wast, Dosteievski, Mark Twain, Julio Verne y Emilio Salgari, libros que existían, y perduran, en la modesta biblioteca familiar.
Cursa el bachiller en el Colegio de Santo Tomas de Aquino de su ciudad, autentico vivero de intelectuales y rebeldes progresistas, donde los profesores Miguel Labordeta, Pedro Dicenta, Francisco Oliván y Rosendo Tello le presenta, entre censuras y ocultaciones, además de sus propias y meritorias obras, a escritores proscritos como Gabriel Celaya, Blas Otero, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Alejandro Casona y Rafael Alberti. Su sueño de poeta juvenil se plasma en diferentes y numerosas estrofas que el tiempo y el pudor introvertido han ido consumiendo en el más sepia de los olvidos y del traspapelado. Solo queda el recuero documental y fotográfico de un primer premio escolar de poesía disputado a Emilio Gastón, José Antonio Labordeta y el malogrado Vicente Cazcarra.
Se licencia en Medicina y cirugía en su ciudad natal en 1960. Viaja al extranjero en auto-stop, asistiendo a algunos campos de trabajo para universitarios en Francia, Alemania y Holanda; aprende idiomas y, por sus contactos con el exilio se afilia a las juventudes socialistas unificadas en 1957. Capeando y venciendo las dificultades debido a sus clandestinos compromisos políticos y sociales, puede ir haciendo estudios y practicas de cirujano mientras subviene a su existencia trabajando de medico de urgencias y de guía turístico.
Terminada su carrera, ya en posesión del titulo de especialista en cirugía General, vive un exilio económico y moral, dirigiendo un hospital misionero en Ghana. En todo momento lee con avidez toda obra impresa y escribe incansablemente, siempre para el archivo de los cajones olvidados por gracia de un perfeccionismo extremoso y una modestia embarazosa.
A su regreso a España se afinca en Málaga donde ejerce su profesión de traumatólogo, titulo que también ha conseguido. Escribe y destruye cuentos (ha recibido un premio en el modesto concurso gremial del colegio de médicos de Málaga), redacta y publica trabajos científicos de su especialidad, se doctora en medicina con un Estudio Epidemiológico de los Accidentes de Trabajo, profundiza en el conocimiento y compresión de los hombres enfermos y de las imbricaciones sociológicas que los factores y mecanismos del Trabajo mantienen entre si, observándolo como un fenómeno y actividad social. Tal estudio forma parte de una obra voluminosa pero inconclusa. Disfruta recreando por escrito las nostalgias de una ansiada vida campesina que nunca llego a disfrutar total y privativamente y, al fin, termina la enésima novela comenzada, Tracción Continua, primera parte de una trilogía de rancia literatura social que ha vencido ya la fase de proyecto. Este libro equivale a un ejercicio elaborado, síntesis de su personalidad, profesión, amores y fobias y de sus compromisos humanísticos.
Ahora no esta afiliado a ninguna organización o partido político.